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Serán contadas las
ocasiones en que he escuchado a Monseñor Gregorio Rosa
Chávez en público, pero un día por esas historias de estar
en x conferencia tuve la oportunidad de presenciar como
hablaba sobre lo que yo más amo: el periodismo. El hacía la
reflexión de que alguien en el oficio necesita pasión. Es
vital a la hora de conectar con la gente.
Y, sinceramente, confieso
que sí le temo a que las personas ni reparen en mis
titulares. Significa que los artículos de opinión pasan por
alto las cosas importantes de su diario vivir. En otras
palabras, estoy escribiendo para los intereses de los dueños
del medio de comunicación y olvidé la misión de mi
profesión: informar al público.
Suena sencillo, pero solo
el o la que ha estado o se encuentra dentro de una empresa
con un producto periodístico conoce lo difícil que es
manejar la línea editorial. Nos convertimos en magos de la
diplomacia para “vender” al jefe/jefa un tema que levantará
polvo en las altas esferas.
Lo curioso es que las
famosas primicias a veces tienen rato de ser dominio
público, y cuando por fin salen, a través de los encargados
de contar lo que pasa en la realidad, la ciudadanía exclama:
¡Ya era hora!
Me entristece la falta de
credibilidad que tiene mi gremio en El Salvador, sobre todo
por el personal que sí deja tiempo y energía con tal de que
usted reciba una noticia, hecha con profesionalidad, hoy,
mañana o el fin de semana.
Sé de la prostitución que
existe en el periodismo. Fui testiga de ella y casi todos
los días encuentro notas que de noticia ni el tufo tienen.
¿La gente detectará esto también? Por supuesto que sí, solo
las y los idiotas piensan que todavía pueden engañar a la
audiencia. Claro, lo acepto, siempre hay excepciones.
A pesar de todo lo
anterior, me declaro una enamorada del periodismo. Es
apasionante y absorbente como solo él puede ser. El sabotaje
que hacemos del oficio de informar por intereses que no
responden a la profesión, es el obstáculo a vencer. ¿Quién
te dijo que era fácil?
Nadie, entonces lo seguiré
jineteando. |