EL REQUISITO

Por Sandra Moreno - (PERIODISTA - DOCENTE UNIVERSITARIA)

 

Serán contadas las ocasiones en que he escuchado a Monseñor Gregorio Rosa Chávez en público, pero un día por esas historias de estar en x conferencia tuve la oportunidad de presenciar como hablaba sobre lo que yo más amo: el periodismo. El hacía la reflexión de que alguien en el oficio necesita pasión. Es vital a la hora de conectar con la gente.

Y, sinceramente, confieso que sí le temo a que las personas ni reparen en mis titulares. Significa que los artículos de opinión pasan por alto las cosas importantes de su diario vivir. En otras palabras, estoy escribiendo para los intereses de los dueños del medio de comunicación y olvidé la misión de mi profesión: informar al público.

Suena sencillo, pero solo el o la que ha estado o se encuentra dentro de una empresa con un producto periodístico conoce lo difícil que es manejar la línea editorial. Nos convertimos en magos de la diplomacia para “vender” al jefe/jefa un tema que levantará polvo en las altas esferas.

Lo curioso es que las famosas primicias a veces tienen rato de ser dominio público, y cuando por fin salen, a través de los encargados de contar lo que pasa en la realidad, la ciudadanía exclama: ¡Ya era hora!

Me entristece la falta de credibilidad que tiene mi gremio en El Salvador, sobre todo por el personal que sí deja tiempo y energía con tal de que usted reciba una noticia, hecha con profesionalidad, hoy, mañana o el fin de semana.

Sé de la prostitución que existe en el periodismo. Fui testiga de ella y casi todos los días encuentro notas que de noticia ni el tufo tienen. ¿La gente detectará esto también? Por supuesto que sí, solo las y los idiotas piensan que todavía pueden engañar a la audiencia. Claro, lo acepto, siempre hay excepciones.

A pesar de todo lo anterior, me declaro una enamorada del periodismo. Es apasionante y absorbente como solo él puede ser. El sabotaje que hacemos del oficio de informar por intereses que no responden a la profesión, es el obstáculo a vencer. ¿Quién te dijo que era fácil?

Nadie, entonces lo seguiré jineteando.

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